Escrito el 30-31 de Enero.
Disertaciones inconclusas con un escritor incompleto.
-He estado pensando – dijo, como quien inicia un tema nuevo.
- Te felicito- replicó, casi indiferente Roberto.
- Sin mofas! He pensado, aunque no mucho, claro, no gasto mucho tiempo en eso, al fin y al cabo escribir es mas un hobby, un escape… tal vez una sublimación de sentimientos que de algún modo necesito expresar, pero en todo caso no es un oficio, ni pretendo que lo sea, mi ocupación actual, el curso que escogí me lo impide.
En fin, que he pensado a propósito de eso…
- De tu ocupación?- interrumpió Roberto.
- No.
- De la sublimación- cortó de nuevo.
- No, de la escritura, hombre!- exclamo con molestia, e hizo una pausa en espera de una nueva intervención de Roberto, pero este seguía con su mirada clavada en el libro abierto que tenia ante si, como si en realidad le interesara, a pesar de la apática actitud que mostraba su postura.
- Sabes por que a veces lo que escribo no impacta? Por que no le llega a la gente?
- Porque no lo mostràs a nadie.
- Tal vez- continuó, haciendo caso omiso de la interrupción – por que falta algo que permita un contacto más palpable con la cotidianidad inconsciente que cada uno de nosotros desea encontrar al leer algo…
Roberto dejo de leer el libro y miró al vacío de la mesa, como si por primera vez en la tarde tuviera curiosidad por la conversación que se le planteaba.
- Falta un medio de expresar adecuadamente esa sensación de cotidianidad que te menciono, una forma literaria de la que carece casi todo lo que he escrito.
Roberto siguió mirando al vacío de la mesa, pero ahora sin convencimiento, como si su curiosidad por la conversación fuera mayor que la casi autoimpuesta apatía y escepticismo que mostraba.
- Y ya lo encontré!
Abrió un poco mas los ojos, esperando, curioso, la revelación de la que su amigo creía haber sido objeto.
El silencio se perpetuó más de lo que hubiera deseado.
- ¡Diálogo!- y la forma en que exclamó la palabra fue casi como un grito de triunfo.
Roberto quitó sus ojos del vacío y le dirigió su mirada, por primera vez en la tarde, aunque su rostro adusto aun mostraba escepticismo, y lo realzó aun más al enarcar el ceño.
- Diálogo?
- Diálogo! Le falta diálogo, un dialogo creíble, palpable, por simple que sea.
Hizo una pausa.
- Has visto que la mayoría de escritos son en tercera persona omnisciente, y si se quiere lograr mayor introspección, en primera persona, pero a modo de retrospectiva descriptiva? Por eso es que se vuelve confuso, porque da pie a elucubraciones personales difíciles de abordar.
- O porque exponès tus ideas enfermizas con descaro, pensando que los demás pueden asimilarlas.
- No! – siguió, casi sin pensar en las palabras de su interlocutor, sin prestarle verdadera atención, embebido en su propia sensación de gloria personal por su descubrimiento – Hace falta un cruce de palabras, un intercambio de ideas, que permita al lector decidir, escoger entre dos opciones, o decidir no tomar partido, pero en cualquier caso le va a permitir mayor libertad.
Es decir que antes eran prisioneros de la lectura pesada de tus escritos. Se dijo mentalmente Roberto, de nuevo escéptico, y sin interrumpir el discurso de su amigo.
- Así, si se le introduce mas en la conversación, en la polémica generada, va a sentirse parte de lo que se narra. De esa forma puedo involucrar al lector como partícipe, incluso como personaje.
Una vez más, silencioso, luchando contra su apatía, lo miró, esta vez con ojos escrutadores.
- Es muy ambicioso, eso que estas diciendo.
- Si!, no te parece genial?.
Y no tenès talento para llevarlo a cabo, sentenció mentalmente, y volvió de nuevo a su libro, al que seguía con antipatía.
………………
- Bueno, y tu… diálogo… que trataría?
- Nada en particular.
Roberto se sonrió, burlesco, ahora divertido por el infantil entusiasmo mostrado ante el.
- Nada en particular – repitió las palabras que acababa de oír – o sea, cualquier tema trivial?
- Ni siquiera tengo necesidad de plantear un tema. Es mas, para iniciar, debo conseguir captar un ambiente lo mas cotidiano posible, en donde los dos personajes solo hablen, no sin sentido, pero carentes de la intención de llegar a una conclusión en particular.
- Mmm...… y ya pensaste la situación sobre la que vas a escribir?- preguntó casi aburrido, como si la burlesca situación perdiera fuerza para su interés.
La ausencia de respuesta lo obligó una vez más a apartar la escasa atención de su libro. Él estaba sonriendo, esperando esa reacción por parte de Roberto.
- De que crees que hemos estado hablando?
………………
- Un momento!
Esta vez su apatía casi desapareció, dando paso a una moderada ofuscación
- …este diálogo?
-Si.
-Lo que acabamos de hablar?
-Si.
-Pero carajo! Si no hemos dicho nada! No hemos hablado de nada. Esta conversación no ha tenido sentido!
-Precisamente.
Roberto lo miró una vez mas, ahora si atento, esperando encontrar alguna grieta en ese rostro sonriente, alguna falla dentro del entusiasta esquema planteado. Pero ¡que impenetrable es un rostro seguro!, mucho mas duro cuando expresa algo con convicción que cuando es inexpresivo.
Ser objeto de una lectura, imaginó, seria una irrupción a su intimidad personal, que tanto apreciaba, que tanto defendía. Una flagrante transgresión de los límites, pensó para sus adentros.
Se tranquilizó un momento y recapacitó. Era tan grave? Tendría en realidad alguna consecuencia? Al fin y al cabo el no era mas que un ser ficticio, una justificación imaginada para dar consistencia a un experimento literario.
De nuevo lo miró, una vez mas con ojos escrutadores, que recuperaban poco a poco su aire de escepticismo.
-Te das cuenta – le dijo, como queriendo con su ultima frase dar una estocada final, no de victoria ni derrota, sino de rebeldía.-…que esto que escogiste es ridículo? No tiene principio ni final, no tiene un planteamiento claro. Te parece esto la mejor forma de adaptar, plantear y presentar un diálogo? Te parece creíble? Real? Carajo! Ni siquiera es casi atractivo, que es lo que cualquiera que leyera esto esperaría.
-Lo se.
Respondió sonriendo, y culminó de forma sencilla y casi triunfante:
-Pero es un buen comienzo. No creès?
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martes, 3 de febrero de 2009
sábado, 7 de abril de 2007
PERRO NEGRO
A pesar de los casi agresivos rayos de un nuevo sol, el camino todavía tiene recodos cubiertos de sombra, donde el frío se refugia y aun se regodèa la posibilidad de lo inesperado. Se desdibuja y se entibia eliminando la noche, secando la humedad que sepultan las ruedas. La velocidad es demencial y atemorizante, como un amanecer de Abril, y de pronto, de la sombra, de la noche que aun no ha muerto, casi como si huyera, un perro, irónicamente negro, corriendo frente al vehiculo, y mientras siento que la fuerza centrifuga me lanza hacia delante por el intento inútil de detenerse que hace el conductor, lo veo, entre aterrado y temerario, rápido y ágil, pero no lo suficiente. Luego el automóvil se bambolea, malsanamente, y yo imagino sus huesos aplastándose y comprimiéndose, volviéndose astillas. Y miro hacia atrás, y la velocidad lo expulsa, como un bocado maldito, dando vueltas estertóreas en el pavimento, ahora caliente por el amarillo amanecer. Y ya no es totalmente negro, sino también rojo, y blanco agonizante, y aun no termina de caer inmóvil cuando una colina lo oculta, una curva del camino. Y como si no valiera tanto la pena, el conductor acelera. Lo que llevamos es más importante. Mis ojos, perplejos miran a la nada, e imaginan la escena repetitivamente, cada vez más difusa. No acierto a pensar si es o no un mal augurio, solo me digo a mi mismo “No vamos a llegar”.
Media hora después, a mitad del camino nace un varón. La velocidad de la ambulancia fue inútil. El niño, sano, rebosante de vida, se mueve vigorosamente. Hay una sonrisa generalizada. “es de buena suerte” dice el conductor, “que nazca en la ambulancia, en medio de la carretera” continua “va a ser un buen día hoy”.
Y ya es de día, el sol cae de lleno en la ambulancia, la sombra huye, la noche ha desaparecido, y en medio de mi perplejidad no logro asimilar aquella absurda parábola de la vida y de la muerte.
Media hora después, a mitad del camino nace un varón. La velocidad de la ambulancia fue inútil. El niño, sano, rebosante de vida, se mueve vigorosamente. Hay una sonrisa generalizada. “es de buena suerte” dice el conductor, “que nazca en la ambulancia, en medio de la carretera” continua “va a ser un buen día hoy”.
Y ya es de día, el sol cae de lleno en la ambulancia, la sombra huye, la noche ha desaparecido, y en medio de mi perplejidad no logro asimilar aquella absurda parábola de la vida y de la muerte.
ENCRUCIJADA
Un perro aúlla cual lobo, cual coyote, cual ser de ultratumba. A lo lejos otro aullido le responde. Se escucha un auto, y pasa agrediendo el ruido ambiente, pero se marcha rápido, dejando en paz los sonidos habituales, el canto de varios pájaros distintos, el sonido de las patas de un grillo, las gotas cayendo, y… pasos?... un transeúnte, un muchacho, pasa por el camino, un poco temeroso, con andar reservado. Lo saludo, me mira con una mezcla de divertida timidez y al mismo tiempo profunda desconfianza. Se marcha, y de nuevo queda el silencio, pero tal silencio no existe, existe mucha vida, pasiva, sosegada, y todo llega al oído, los pájaros, las aves, los árboles, las plantas, las nubes, el cielo…
Miro de nuevo la encrucijada, esperando que pase el carro que me llevara a “El Rosal”, donde ejerceré mi “arte” de la medicina. Mientras tanto solo observo, en mutismo, a mí alrededor. No me había dado cuenta, pero el perro, el coyote, el ultratumba, ha callado, y su eco se ha apagado en la lejanía, y ya no hay replica en sus aullidos. Al fondo el cielo, gris, denso, bloqueando la vista, cerniéndose sobre este espectador, pero al mismo tiempo sosteniendo lo sosegado del ambiente, manteniendo la cohesión. Es un telón triste, pero al mismo tiempo agradablemente tranquilo, agradablemente acogedor, apoyado en el incesante y embriagador canto de las aves, y el cadencial golpeteo de las gotas sobre las verdes y marrones hojas, y el murmullo de la tierra rojiza, el lodo, al agua, y todo ello me invita a cerrar los ojos e inclinar mi cabeza hacia atrás, dejándome sumergir, fundir en el ambiente, y no sentir mas que la sutileza del contacto intenso de la naturaleza en mi piel y mis tímpanos.
Llega el auto de misión medica, con los ojos entrecerrados camino hacia el, despertando de mi fugaz y ansiosa ensoñación hacia la seca y apagada realidad. Camino, y al estar despierto me doy cuenta que siempre estoy dormido.
Miro de nuevo la encrucijada, esperando que pase el carro que me llevara a “El Rosal”, donde ejerceré mi “arte” de la medicina. Mientras tanto solo observo, en mutismo, a mí alrededor. No me había dado cuenta, pero el perro, el coyote, el ultratumba, ha callado, y su eco se ha apagado en la lejanía, y ya no hay replica en sus aullidos. Al fondo el cielo, gris, denso, bloqueando la vista, cerniéndose sobre este espectador, pero al mismo tiempo sosteniendo lo sosegado del ambiente, manteniendo la cohesión. Es un telón triste, pero al mismo tiempo agradablemente tranquilo, agradablemente acogedor, apoyado en el incesante y embriagador canto de las aves, y el cadencial golpeteo de las gotas sobre las verdes y marrones hojas, y el murmullo de la tierra rojiza, el lodo, al agua, y todo ello me invita a cerrar los ojos e inclinar mi cabeza hacia atrás, dejándome sumergir, fundir en el ambiente, y no sentir mas que la sutileza del contacto intenso de la naturaleza en mi piel y mis tímpanos.
Llega el auto de misión medica, con los ojos entrecerrados camino hacia el, despertando de mi fugaz y ansiosa ensoñación hacia la seca y apagada realidad. Camino, y al estar despierto me doy cuenta que siempre estoy dormido.
SERPIENTE
Para que los niños vivan la serpiente tiene que morir. O por lo menos así me lo hice entender. Al final ni siquiera era una serpiente, simplemente una culebra en el lugar equivocado (y qué tan equivocado lugar puede ser una escuela a veces), y recuerdo al hombre que la tenia aprisionada con la pala, no queriendo adjudicarse la responsabilidad, y con decenas de chicos curiosos (y descaradamente temerarios) detrás de él observando la furia del animal acorralado. “Habrá que matarla” dirigiéndome su mirada. “Soy medico rural, se espera que haga de todo”, me dije. Y lo hice, con el filo de la pala varias veces contra su cuello, tratando de que fuera lo más rápido, y esperando no haber fracasado en ello cuando aun la veía moverse.
Al final, depositaron el animal inerte en un frasco con agua, y todos los niños hacían círculo alrededor mientras la transportaban. Yo les di la espalda y de nuevo mirè al vacío, a mi mismo.
Al final, depositaron el animal inerte en un frasco con agua, y todos los niños hacían círculo alrededor mientras la transportaban. Yo les di la espalda y de nuevo mirè al vacío, a mi mismo.
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